Thursday, 30 de December de 2004
En el principio la voz se hizo grito. Y el grito se hizo pancarta. Y la pancarta se hizo danza colectiva. Y la danza se hizo marcha. Y la marcha se hizo multitud. Para los chilenos y chilenas que caminamos por las calles de un Santiago sitiado y superando los temores acudimos al Foro Social Chileno, los días 19, 20 y 21 de Noviembre de 2004 serán muy difíciles de olvidar. Luego de catorce años en que el letargo y la desmovilización han sido la tónica dominante en los movimientos sociales, sin saber de donde ni como, un mar humano, variopinto y extremadamente diverso emergió desde su subterránea cotidianidad para hacerse presente ante los ojos del mundo.
Desde 1990 han sido muchas las movilizaciones y luchas colectivas emprendidas por distintos sectores del país. Miles han sido los participantes en esos procesos. Pero desde el ya muy lejano tiempo en que la figura del dictador unificaba las voces al ritmo del ?y va caer, y va caer?, y se anhelaba una democracia inimaginable, teñida de alegría y campos de colores, desde ese tiempo ya casi ?antediluviano?, no vivíamos una experiencia de encuentro colectivo como la que aconteció ese viernes soleado y caluroso.
En estos años de dispersión, la nostalgia por los días de lucha clandestina, de resistencias sutiles y complicidades misteriosas se ha hecho habitual en muchos de nosotros. Sin decirlo, parece que ?contra Pinochet estábamos mejor?. No porque la dictadura nos gustara en lo más mínimo, pero la experiencia de compartir solidariamente un objetivo común que nos integraba y nos hacía ser un sólo pueblo en busca de la libertad parecía endulzar la gris monotonía de esos años sangrientos.
Tal vez por eso, las movilizaciones, las luchas o las discusiones que hemos vivido en estos catorce últimos años nos han dejado con sabor a poco. Con sabor a fragmento y a particularidad. Afortunadamente nos hemos acostumbrado a acompañar la demanda por la igualdad, con el relamo por la diferencia. Y por eso el concepto ?diversidad? parece llenar cada vez más el imaginario de nuestras conciencias. Pero de todas maneras, algo, un ?no se qué?colectivo, le faltaba a esa diversidad.
Chile ha adquirido progresivamente la conciencia de su pluralidad. El declive de los viejos paradigmas políticos e ideológicos que uniformaban las conciencias ha producido un mar de identidades que apelan al reconocimiento mutuo. Y ese proceso ha enriquecido la vida social de nuestro país. Sin embargo, esta nueva marea identitaria hace muy difícil lograr una mirada global de este nuevo Chile. La imagen que se logra obtener es la de un espejo roto, en que pequeños reflejos matizan un panorama inabarcable.
El éxito político y social más significativo del Foro Social Chileno radica en haber podido lograr una imagen más íntegra, un panorama mucho más completo del nuevo Chile que reclama por otra economía y por otra democracia.
Sin duda George W. Bush ha sido un muy efectivo catalizador de esta marea participativa. Pero sería muy simplista afirmar que este acontecimiento se reduce al rechazo a un personaje tan repudiable. La explicita crítica a la cumbre APEC y los ocho mil participantes en las doscientas actividades del Foro Social Chileno hablan de un interés que rebasa el rechazo a la política exterior norteamericana, y muestra un masivo interés por explorar más allá de los límites del actual ?consenso oficial? que supone acuerdos políticos y económicos por los que nunca hemos sido consultados los ciudadanos.
La manifestación más grande en la post-dictadura no habría sido posible si no se acompaña de la articulación más amplia de organizaciones sociales que se recuerde, desde los tiempos de la asamblea de la civilidad, en 1986. Y esta articulación sería impensable sin la metodología que aportó el Foro Social Mundial, aplicada a nuestro contexto. Este método supone aceptar que el Foro no es un espacio resolutivo, que no es un espacio que defina opciones partidistas, y que no se puede identificar con una plataforma programática o un proyecto acabado de transformación política. Pero estos límites, son al mismo tiempo la gran fortaleza de esta experiencia. En este sentido, se puede hablar del Foro como un espacio que sin asumir una falsa neutralidad en sus paradigmas, es capaz de garantizar un nivel adecuado de disenso y confrontación en su interior.
En este sentido el proceso post Foro debe abrir un nuevo tipo de debate. El éxito organizativo y de convocatoria debe ayudar a centrar la discusión en los contenidos del proceso. Ánibal Quijano, uno de los invitados internacionales, dio pié a este ejercicio cuando afirmó: ?Ya en el Foro Social Mundial del año pasado se percibía una importante distancia entre una serie de prácticas sociales y políticas innovadoras y un discurso que daba cuenta de ellas como si entrara en el túnel del tiempo y hacia atrás? . Es decir, lo que se planteado y propuesto en el Foro no debe ser canonizado. Al contrario, debe alentar una discusión apasionada, debe despertar respuestas, incentivar el contrapunto de visiones y proseguir en una dinámica de dialéctica permanente que impida la fosilización de las ideas, porque esa ha sido una de las grandes trampas en que ha caído la Izquierda y el progresismo en la historia.
Dos signos evidencian que avanzamos en buen camino. A pesar del cerco informativo y las tergiversaciones de la prensa corporativa, tanto Ricardo Lagos, en cuanto portavoz del ?poder político?, y Andrónico Luksic, como vocero del ?poder económico?, se tuvieron que referir a esta multitud que camina, y al menos, reconocer que han recibido el mensaje. Aunque no lo quieran, se han dado cuenta que desde hoy existe un nuevo poder en este país, y ese es el poder de los ciudadanos, que emerge para reclamar lo suyo: nada más, ni nada menos, que la soberanía sobre sus propias vidas.
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Alvaro Ramis O. Teólogo e investigador del Centro Ecuménico Diego de Medellín.
Diciembre 2004
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